martes, 28 de noviembre de 2006

Benedicto XVI tras los pasos de Dios.

Aragón Liberal. 28/11/06.- No es un líder político, ni un afamado burócrata, ni siquiera un interesado y sórdido jefe de Estado sediento de poder. Es algo muy diverso, es el continuo sucesor de Pedro: es el Vicario de Cristo en la tierra.

Para Albarracín Liberal.

Quinto viaje del Santo Padre en su ministerio petrino. Clara vocación de apóstol con una misión muy concreta: predicar la Verdad por todos los rincones del mundo. Para este mandato imperativo y no para otras cosas se mueve inmersa su Santidad por donde quiera que vaya. Por eso, el viaje apostólico, que no político, de Benedicto XVI ha levantado tanta polvareda en la opinión pública, porque ésta, demasiado acostumbrada a la noticia dura, peleona, magnificada y sensacionalista, busca con vehemencia la captación atenta de los destinatarios para incrementar económicamente los medios de información, y desde luego que ese no es el fin del Vaticano. Por lo demás, la paz que refleja el rostro del Papa es sumamente serena, siempre cargada de aliento, de fe, de aceptación por las diferentes formas de interpretar persistentemente con toque humano y con visión reducida, su nívea imagen.

Benedicto XVI tiene “licencia” absoluta para visitar cualquier punto del planeta que esté habitado sin importar el número de personas que se encuentren en él, pues donde se encuentra el hombre, ahí está Dios, restando importancia a la cantidad para fijarse únicamente en las almas. No es baladí afirmar que seguir a Cristo comporta riesgo, pues no es fácil el compromiso y el abandono filial, pero sin duda es un riesgo seguro.

Temor y expectación en este encuentro con el “turco”, una cultura mayoritariamente islámica con un bagaje histórico pleno de hostiles avatares y sanguinarios enfrentamientos. Triste recepción ayer del primer ministro Recep Tayip, justo, medido, parco en palabras, escéptico y tremendamente escurridizo, presuroso por su encuentro europeo con vistas a su incorporación en la U.E más que en estrechar lazos de amistad con la cultura cristiana. Al parecer, la intransigencia islámica, tan patente como dislocada, no permite dialogar demasiado con quien posee la verdad, pues resultae más rentable el absolutismo musulmán, el que discrimina y fomenta los contravalores y sin mesura la indignidad, sobre todo en la malograda mujer.

Benedicto XVI es sabedor de que la Iglesia católica no es mejor ni peor que otros credos, y por ello se perpetúa a vivir entre los demás sin necesidad de aparentar nada extraño. La rectitud de quienes siguen a Cristo se asienta en decir lo que se siente, hacer lo que se piensa y comportarse de acuerdo con lo que uno es y sabe cómo es. La sencillez es la antesala de la sinceridad, norma que el discípulo de Jesucristo utiliza para relacionarse con los demás, sin dar pie a la falsedad. De ahí que la vida del Santo Padre y de cuantos seguimos la doctrina de la Iglesia católica choca con la vida de un ambiente bien paganizado o bien, este caso, con las costumbres islámicas, perseguidoras, intransigentes y dadas a la autoexclusión.

Pero el Vicario de Cristo en la tierra no ha ido a Turquía a beligerar, a afrentar, a provocar, no, nada de eso. Benedicto XVI ha visto a través de su oración la “necesidad” de visitar un país cuya situación geográfica es clave, pues se constituye en puerta que comunica oriente con occidente, y desde una postura conciliadora, pacífica y mediadora quiere llevar el Evangelio para defender la integridad humana y anunciar sin subterfugios que los seres humanos somos imágenes de Dios y templos del Espíritu Santo, y que la esclavitud, la tortura y la coacción no pertenecen al escenario celestial, son producto del uso inadecuado y desnaturalizado de nuestra libertad. Las dificultades que pueda encontrar el Papa en este quinto viaje desde que ocupó la sede petrina, no serán mayores que las que encontró Cristo hace dos mil años en tierras israelitas. La tarea del sacerdocio es un continuo “servir”, sin reservas horarias, sin previsiones cómodas.

El Santo Padre desea la salvación del mundo, la esperada Redención para cada persona, por ello acude a donde la necesidad es más perentoria. El impulso por acercarse a todas las gentes, a los atemperados y a los fanáticos, a los indiferentes y a los avispados, no es otra que el ansia de conversión, una conversión sincera, profunda, instalada desde la fe y cristalizada en la inmortalidad de las almas. No sabemos cual será el efecto que producirá el mensaje del Papa al final del viaje a Turquía. Lo cierto es que de esta manera, el escenario musulmán no podrá afirmar que nadie les acerco a la “piscina de Siloé”, o que nadie les arrimó al médico que sana las debilidades y enfermedades del alma. También otrora San Pablo en Atenas, con sus proclamas en el ínclito areópago griego, tampoco cosechó exitos de conversión, pero sin duda llenó su corazón de flama divina. Al igual, Benedicto XVI con su ejemplar dedicación en su labor pastoral, nos enseña que querer es poder, y cualquier tiempo y lugar es buen terreno para la siembra fértil que quizá a otros les toque recoger.

vicenbarbarroja.

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